2025
Antonio Imedio
5 de febrero
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Las piezas reunidas en esta exposición construyen un mundo donde el afecto es, ante todo, una práctica de comunidad. No como consigna, sino como coreografía: encuentros, bailes, celebraciones, creaciones, alianzas íntimas. A través de manos que se juntan, de mejillas que se acercan, de babas compartidas y de un cuerpo elegantemente vestido que se hunde en el lodo, Imedio propone una política de la ternura: un modo de relacionarse con lo humano, lo animal y lo vegetal donde lo sensible no es debilidad, sino resistencia.
En este territorio, los objetos no están “representados”: actúan. Una silla, un corsé, tacones, plumas recogidas con cuidado e insistencia, fragmentos de archivo fotográfico… Son señales y reliquias que se desplazan de su función y se reconfiguran enun régimen distinto: el de la imagen poética. Al incorporar el ready-made —hacer un tesoro de lo hallado o descartado—, la práctica opera desde una ética del resto: recogerlo que sobra para descubrir en ello una nueva posibilidad de sentido. Lo inútil deviene materia; un residuo deviene horizonte.
La exposición se entiende como un presente de relaciones. Imedio dispone escenas donde el tiempo se espesa y se vuelve táctil. La imagen se comporta como un umbral: algo que aparece y desaparece, que insiste por recurrencia. La repetición no es monotonía; es un modo de mirar hasta que el mundo diga otra cosa.
Los cuerpos se presentan a menudo fragmentados: piernas, manos, torsos interrumpidos. Ese recorte no responde a una estética de la falta, sino a una ética del pudor y de la proximidad. Son presencias en tránsito, partes de una coreografía mayor donde el objeto también participa. Allí, el tacón —escaso, deseado, frágil— deja de ser accesorio para volverse forma de construcción: un símbolo de dislocación, deseo y ternura. La pulcritud entra en el barro y, sin perder su filo, se vuelve poética.
La obra insiste en algo raro y urgente: que el deseo puede ser una forma de conocimiento. Que la imagen, cuando se abre a la fragilidad y al recuerdo, captura el tiempo en un instante casi mágico. Que un extraño sonido —un ruido, una música, una voz cercana— puede activar el poema: no porque lo explique, sino porque lo convoca. Esta exposición sostiene ese anhelo: el de reorganizar el mundo desde la belleza como comunidad,desde el objeto como señal, desde la pintura como un lugar donde lo sensible tiene la potencia de reestructurar lo posible.
Paula Builes